Todo por el turista

Atraer visitantes es un modelo económico para las urbes, pero genera conflictos entre los residentes habituales y los temporales
Bernardo Ynzenga – 05/02/2016

Hay una queja recurrente, la de que hay demasiados turistas que lo invaden todo. Demasiados es una expresión negativa. Compara desfavorablemente lo que ven con lo que recuerdan o querrían que fuese. Demasiados turistas en las plazas, las calles, los museos, el comercio, las playas… Es decir; en los sitios donde antes se encontraban a gusto porque los de fuera eran pocos, o menos, y lo que era del común no estaba invadido por todo tipo de cachivaches que lo reservan y privatizan al servicio del turismo. Quienes se quejan expresan un conflicto entre cómo usaban, se apropiaban o disfrutaban de la ciudad y cómo el turismo intensivo está cambiando aceleradamente los espacios y lugares más significantes. Pero no siempre su comentario es válido pues no siempre hay conflicto, y cuando lo hay lo que conviene no es la queja sino la respuesta.

Si todos o casi todos los residentes trabajasen o se beneficiasen del turismo, el conflicto podría no ser o sería otro. En Inglaterra, Inglaterra (Anagrama, 1999) Julian Barnes narró una singular manera de abordarlo. Sir Pitman, el millonario protagonista, adquiere una isla (¿la isla de Wright?) para preservar los monumentos, paisajes y costumbres de Inglaterra. En la isla construye una realidad ficticia, compacta, especializada, perfecta y cómoda, hecha con réplicas exactas de los lugares, edificios, monumentos e incluso las costumbres y personajes más significativos de la Inglaterra real. Un lugar-copia con tanto éxito que mucha gente prefiere la réplica, se muda allí, Inglaterra pierde impulso y élites y se retrotrae a un Anglia más elemental y simple. La copia ganó al original. Inglaterra, Inglaterra es ficción por lo que tiene de imitación, pero no lo es si la leemos como creación de un espacio especializado dedicado a fabricar turismo y atraer turistas: un espacio-turismo.

Las Vegas nació con esa intención: como protociudad inventada en el desierto, sin más imagen que la del neón, el turismo y el juego. Hoy se reinventa como escenario hecho de hipercopias kitch de sus supericonos turísticos globales. A lo largo de su strip, la ficción de una pirámide de Luxor convive con una Venecia escenográfica, una torre Eiffel silueta y con exageraciones y ficciones cinematográficas varias que anuncian su condición de espacio-turismo artificial que, con desde espectáculos a negocios, desde macroconvenciones a vacaciones de familia, recibe al año 40 millones de visitantes. Hoy, en la que al principio fue una ciudad de pocos, coexisten dos ámbitos, dos realidades, que al convivir sin solaparse disuelven su potencial conflicto: un ámbito específicamente turístico, acotado e inserto en la ciudad, y un ámbito urbano-metropolitano residencial.

Mucho más cerca hay otras “las vegas” de “sol-y-playa” que hacen del turismo su argumento principal y exclusivo. Hay ciudades que no ven en la presencia masiva de visitantes una molestia sino una razón de ser, y cuya lógica cotidiana es precisamente la de actuar al servicio del espectáculo. No dirán “hay demasiados turistas”, dirán “que vengan más” (y si puede ser, más ricos). En ellas no parecería haber conflicto entre turismo masivo y vida urbana. Puede haber conflictos, y los hay, de otra clase, relacionados con impacto medio ambiental, sostenibilidad, valores, cultura… Pero ese es otro tema.

Más turistas que habitantes

El conflicto turístico surge en ciudades consolidadas cuando la proporción entre turistas y población crece desmesuradamente, haciendo que la afluencia de muchos se sobreponga y desborde la lógica y las formas de vida urbana local, que es precisamente lo que la globalización del turismo está causando en las principales capitales y metrópolis europeas —y algunas no europeas—.

Las cifras impactan. Según un informe recién publicado (el “Global Destination Cities Index”, de 2015), en el último año las principales 132 ciudades del mundo habrían recibido casi 400 millones de visitantes extranjeros. Londres recibió más de 18 millones; París, más de 16; Nueva York o Estambul, más de 12; Barcelona, 7,6 y Madrid, casi 5. En las ciudades prime, el número de visitantes extranjeros igualó o superó al de quienes viven en sus áreas metropolitanas. Hay que ir a metrópolis superpobladas —como Tokio, Seúl o Los Ángeles— para que la proporción entre visitantes y residentes baje a uno por cada dos. Estas cifras no incluyen el turismo nacional, que fácilmente supera al de fuera. No es solo cosa de número de turistas, es también y tal vez sobre todo cosa de dinero.

Sin incluir viajes, el visitante extranjero se gasta de media mil, mil quinientos, dos mil euros. Son muchos miles de millones de euros moviéndose por la ciudad gastados en hoteles, restauración, compras… No van a cualquier lado sino que se concentran en lo más visitable, lo más icónico y muchas veces en lo más frágil de las ciudades; en una pequeña, muy pequeña, fracción de la metrópolis.

Como el visitante dispone de pocos días, las agencias de viaje reducen cada lugar a una breve lista de sitios a visitar. Concentran mucha ciudad en pocos enclaves o elementos icónico-simbólicos que prácticamente todos quieren ver. Ofrecen un bonsái selectivo de la ciudad real reducida a sus centros y lugares emblemáticos y a sus edificios o monumentos singulares. Las jibarizan. Para ciudades como Roma, París, Barcelona o Madrid señalan como mucho entre 10 y 16 lugares, hitos o museos. Notre Dame, el Coliseo, la Sagrada Familia, el Louvre y el Prado, el trío Plaza Mayor-Puerta del Sol-Gran Vía, las Ramblas, la Quinta Avenida, Versalles, la Torre de Londres son piezas de esas colecciones cinco estrellas que solo crecen para incorporar algún excepcional elemento nuevo como el muy publicitado High Line neoyorquino.

Y así, lo que hay que ver se superespecializa en un apretado espacio-turismo desmesuradamente visitado hecho de hitos, barrios y recorridos que obvian e ignoran lo demás. Tanta presión concentrada en tan poco produce cambios significativos en el espacio-turismo, convirtiéndolo en la imagen tópica de un parque temático cuyo argumento es el “bonsái-ciudad” de las agencias de viajes y cuyo guion, que nadie ha escrito, da a muchos residentes el voluntario papel de tramoyistas y a muchos otros, el involuntario papel de figurantes. El resultado está a la vista.

Al impulso de las muchas personas con estancias cortas y dinero rápido, la hostelería, la restauración y el comercio globalizado imponen su lógica de gestión de lo instantáneo y su estética de anuncio. Colonizan o transforman lo que había. Las grandes sedes bancarias y financieras, y muchos edificios residenciales singulares, se convierten en hoteles de cinco estrellas o viviendas exclusivas. Al mismo tiempo, inmuebles grandes y no tan grandes se reciclan en hostales. El número de locales y restaurantes de calidad aumenta algo y los de sin calidad se multiplican. Como el flujo de viandantes es clave para el comercio (el metro cuadrado más caro coincide con donde pasan más peatones), el viario se transforma en pasillo central de galería comercial con tiendas de marca y todo tipo de locales que cualquiera reconocería fácilmente en cualquier otro lugar. Recintos peatonalizados y aceras atestadas de gente que las recorre para vivir la experiencia que ratifica que están en la ciudad elegida. Colas frente a museos cuyos equivalentes en su ciudad de origen rara vez visitan. Plazas convertidas en viveros de terrazas desplegadas en mesas y sillitas, con precios carísimos. “¿Por qué tantísimo por una cerveza? ¡Porque estás en Plaza Navona!”

Parque temático de sí mismas

En el límite, en ciudades como Venecia —no grandes, con mucha historia, patrimonio, leyenda y atractivo—, el espacio-turismo puede llegar a ocuparlo todo, convirtiéndolas en parque temático de sí mismas, sin más población residente que la vinculada al turismo.

En este contexto, obstinados por atraer inversiones que interpretan como efecto llamada y deslumbrados por el dinero, muchos ayuntamientos e instituciones responsables del gobierno de las ciudades, aplaudidos y apoyados por inversores y empresarios sin más afán que el beneficio, no están muy por la labor de cuestionar el modelo, más bien lo refuerzan o lo favorecen o lo toleran o le rinden su gestión del patrimonio edificado y su actuación en el espacio público. Por sus hechos los conoceréis, y los hechos apuntan en la dirección de ponerse al servicio de intervenciones que, para ganar escala y competitividad global, concentran proyectos y actuaciones, propias o permitidas, en lo más neurálgico del sistema urbano, que no por casualidad es lo que más significado tiene para los residentes y donde más intensa y visiblemente se manifiesta el conflicto.

Para disminuir el conflicto algunas zonas y ciudades-destino han adoptado dos tipos de estrategias. Como la presión turística viene a ser función del cociente entre el número de visitantes y la capacidad de lo visitado, algunas han optado por limitar el número de visitantes, en lugar de actuar sobre la capacidad de acogida del espacio-turismo. Las políticas en ese sentido se traducen en tasas especiales, limitaciones, moratorias hoteleras y actuaciones similares, ensayadas con desigual éxito. No eliminan el conflicto ni sus causas, lo congelan.

Si miran a la capacidad de lo que los turistas quieren visitar, hay ciudades donde deliberadamente o por azar histórico el ámbito del espacio-turismo en lugar de concentrarse se diversifica y amplía. Reconocen y ponen en valor, e incluso inventan, nuevos elementos, rutas y espacios mediante estrategias que incluyen actuaciones tales como la puesta en valor de un relato de hitos y monumentos dispersos, como ocurre en Roma; la activación de barrios o zonas alternativas, como ya hicieron París y Londres, como hace Nueva York y está haciendo Berlín; la creación de ámbitos para congresos, ferias de muestras, deporte u otros, como en muchas ciudades del centro y norte de Europa. Con esta dilución expansiva se reduce el conflicto consiguiendo que el impacto de los visitantes sea menor, más cercano a la experiencia cotidiana en puntos no turísticos o menos turísticos y se contribuye a que en la ciudad haya más espacios que sean de todos —como los cafés de París, o los los Höfe de Berlín—.

Los efectos permanentes

Hay dos grupos de personas —residentes y turistas— compitiendo con intereses distintos por los mismos espacios. Pero aunque esa sea la versión de muchos no deja de ser una versión cortoplacista. A más largo plazo el tema de fondo es otro. La presencia de grandes cantidades de visitantes no es un fenómeno pasajero. Ha llegado para quedarse. Si el mercantilismo, la industrialización, el comercio, el consumo intensivo o la inmigración desencadenaron cambios en las ciudades, la presencia ininterrumpida de muchísimos turistas también traerá efectos permanentes.

Aunque su estancia sea breve, mientras está en la ciudad la población turística es tan población residente como los demás, y aunque sus deseos, comportamientos y necesidades sean distintos, sus derechos urbanos son iguales a los de cualquier otro. El turismo masivo y su relación con la ciudad forman parte de una nueva realidad urbana que habrá que saber entender.

En la estantería del espacio-ciudad, el espacio-turismo debería ser uno más, en pie de igualdad, junto a los muchos tipos y clases deespacios con los que la ciudad responde a cuanto en ella ocurre. El reto está en reconocerlo y abandonar las políticas urbanas que por avidez o servilismo se pliegan a la presión cortoplacista del maná económico inmediato y acentúan el conflicto entre los espacios-turismo y los espacios-ciudad. La mejor forma de suprimir de raíz el concepto de conflicto está en asumir que lo turístico será rasgo permanente de la ciudad.

logo_ahora

Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.