«No es turismo, es una invasión»

Víctor Mondelo 26 de junio de 2017

La capital catalana se ha convertido en el paradigma español de la aversión hacia el turista
Las pernoctaciones suben en mayo un 3,8% y la facturación hotelera se incrementa un 8% anual

30 millones de turistas para 1,6 millones de habitantes que viven en una ciudad tomada por el visitante

Martes, seis de la tarde, 34 grados y una humedad ambiental que desaconseja dar más de dos pasos por la calle si puedes evitarlo. En la parada del autobús V21, que conecta la playa de la Barceloneta con el centro de la ciudad, esperan 23 personas, 21 son turistas. A los dos barceloneses que pugnan por un pedazo de marquesina para resguardarse del sol les espera un trayecto de apretura entre visitantes que llevan horas bronceándose y buscando hidratación en la sangría que ofertan las decenas de restaurantes y supermercados 24 horas que copan el paseo Juan de Borbón.

Es sólo una de las postales que explican la conversión de Barcelona en la capital española de la turismofobia.Absorber anualmente a más de 30 millones de turistas no resulta sencillo para una ciudad con únicamente 1,6 millones de habitantes y que convive diariamente con males ya percibidos como endémicos, tales como el uso masivo del transporte público por parte de los visitantes, uno de los motivos que explican que el turismo sea percibido ya como el problema más grave de la ciudad para los barceloneses, relegando al segundo puesto al paro, según el barómetro del Ayuntamiento.

A lomos de ese V21 en el que el espacio vital reina por su ausencia aterrizamos en la avenida Gaudí, puerta de entrada a la Sagrada Familia, el paradigma de otros dos fenómenos que explican la creciente aversión hacia el turismo entre los barceloneses: la ocupación intensiva de la vía pública y el monocultivo comercial.

Riadas de extranjeros transitan hacia el templo modernista que ya ha colgado el cartel de «no hay entradas» y que este redactor, como muchos otros barceloneses, jamás se ha atrevido a visitar. Sin embargo, el pasado año sí lo hicieron 4,5 millones de personas, un 7% más que en 2015. Sólo un 6% fueron españoles.

Quizás eso explique que en la calle los más antiguos del barrio copen los bancos públicos que flanquean al ejército de terrazas que puebla el entorno de la basílica. Más complicado resultará a los lugareños dar con un establecimiento para hacer la compra o cenar algo saludable.

A continuación, el listado de comercios por orden de aparición que pueblan la calle Provença, que mira de frente a la fachada este de la Sagrada Familia: un Kentucky Fried Chicken, un Burger King, una heladería, un McDonald’s, una cafetería Costa Coffee -donde un cortado cuesta 1,85 euros-, una tienda de turrones, otra heladería, una pizzería Gino’s, una tienda de souvenirs y un cajero de La Caixa para financiar tan copioso menú.

La ruta turismofóbica nos conduce a la parada de Metro de Sagrada Familia, donde un personaje empieza a hacerse célebre entre los usuarios del suburbano: un vecino de Barcelona despliega una silla plegable y se sienta en el andén, la imagen es curiosa, pero todavía lo será más al advertir que, por sombrero, lleva un cartel escrito en inglés que dice: «Esto no es turismo, es una invasión». Es la versión andante de las pintadas y adhesivos con lemas contrarios al turismo que espontáneamente aparecen en el mobiliario urbano barcelonés y que el pasado 10 de mayo alcanzaron cotas nunca antes vistas cuando junto al Parque Güell apareció un grafiti que se preguntaba: «¿Por qué llamarlo temporada turística si no podemos dispararles?».

Desde este espacio declarado Patrimonio Mundial de la Unesco -para el que incluso los vecinos tienen que reservar entrada- se atisba una perfecta panorámica de la ciudad, en la que dar con una vivienda de alquiler asequible empieza a catalogarse como imposible. En la Ciudad Condal, el precio medio del arrendamiento de viviendas usadas se desbocó un 11,84% en 2016, mientras los pisos turísticos ilegales siguen multiplicándose y el barcelonés empieza a sentirse expulsado.

elmundo

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