Vientos del pueblo

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ELVIRA LINDO 27 de mayo de 2018

En Madrid se ensanchan las zonas peatonales pero se diría que el objetivo final no es que los ciudadanos disfruten de una amplitud relajante sino que los bares puedan agrandar sus dominios

Finalmente se ha inaugurado la Feria del Libro de Madrid, pero hasta el viernes los libreros estaban en un ay debido a esta primavera tormentosa que obligó al Ayuntamiento a extremar precauciones y a cerrar varios parques. Bien hecho. Parece que no va a pasar nada, pero cuando pasa nos dedicamos a improvisar teorías sobre quién es el último responsable de que un árbol seco se tronche y acabe con la vida de un paseante. Entendemos los parques como espacio público, lo extraordinario es cómo nos hemos adaptado a la idea de que fuera de ellos gran parte de la calle pertenece a las terrazas de los bares y que ese suelo ya no es del ciudadano sino del que paga el alquiler de un trozo de acera. Así las cosas, se ensanchan las zonas peatonales pero se diría que el objetivo final no es que los ciudadanos disfruten de una amplitud relajante sino que los bares puedan agrandar sus dominios. Es una invasión que comenzó en la era Gallardón, que aumentó con Botella y a la que este Ayuntamiento no ha puesto freno.

Cuando vivía en Chueca, en los primeros noventa, las plazas de Vázquez de Mella o la misma de Chueca sufrían el desgaste de la pobreza y la droga, pero había en ellas algo innegable: su latido diario pertenecía a los vecinos. Ahora, como en tantas otras plazas, el derecho al asiento va unido a la consumición.

Este jueves me senté a tomar un refresco con una amiga en una terraza de Chueca. A las ocho de la tarde, sin sol ya y con un aire empapado de olor a tormenta, las sombrillas seguían abiertas. El por qué se mantienen las sombrillas desplegadas es un misterio insondable, aunque supongo que obedecerá a intereses comerciales. Nos sentamos. Como un animal al acecho, yo tenía un ojo en la conversación y el otro en la sombrilla que de vez en cuando se balanceaba algo amenazante porque no están amarradas al suelo. De pronto, vino un golpe de viento y la venció. Tuve los reflejos de sujetar el palo con las dos manos, pero sin fuerza suficiente para sostenerla la empujé sobre la mesa. Podía haberme dado en la cabeza o en la cara. Los camareros acudieron. No tuvieron la cortesía de preguntarme cómo estaba o de invitarme a una infusión. Se limitaron a plegar esa sombrilla; sorprendentemente, dejaron las otras abiertas. Me levanté y comencé a caminar. Para mí estaba claro que no iba a pagar mi bebida después de tal desconsideración. Me imaginé qué hubiera pasado en una ciudad como Nueva York si una imprudencia en un establecimiento pone en peligro la integridad de un cliente. No me dio mucho tiempo a entregarme a esas reflexiones porque dos camareros corrieron tras de mí y me preguntaron qué tenía que ver lo ocurrido con que yo no pagara. Les grité que bajo ningún concepto pensaba hacerlo. Y les dejé atrás llamándome sinvergüenza.

Lo que a mí me ocurrió le pudo haber pasado a cualquiera. Y aún peor, podía haber caído la sombrilla encima de un niño o de una anciana que no hubiera tenido los mismos reflejos o la misma fuerza que yo. A pesar de que sufrí el susto y el desagrado en carne propia, lo cuento porque irrita mucho que los ayuntamientos cedan su soberanía a negocios privados sin controlar cómo los manejan: ¿o es que una sombrilla que caiga con la fuerza de un golpe de viento no puede desgraciar a una persona? No sé qué ocurrirá con la ampliación de aceras de la Gran Vía, no sé si ese paseo de franquicias en que se ha convertido se verá aderezado con una línea continua de bares como ya es Serrano. No se trata de un asunto estrictamente madrileño, sucede en muchas otras ciudades y tiene que ver con el concepto y la administración de la ciudad.

Por otra parte, no hay en España una verdadera conciencia de que el cliente tiene derechos, que los debe expresar sin que le pongan mala cara, que la protesta debiera servir para algo y, desde luego, que la profesionalidad está ligada siempre a la cortesía. Probablemente, no actué como debía: mi obligación hubiera sido quedarme, aguantar el tipo y redactar una protesta, pero viendo que no solo no recibí consuelo alguno sino que daba la sensación de que había utilizado la caída de la sombrilla para no pagar un Nestea entendí que la cosa tomaba un cariz agresivo y feo. Es probable que tuviera mala suerte porque si hay algo bueno en Madrid son los camareros (tranquilos, no soy James Rhodes), pero es cierto que en España, tan opinadores como somos para todo, tendemos a hacer dejación de nuestros derechos en el espacio público. No nos sentimos respaldados para hacerlo.

Por lo demás, les presto un consejo: nunca se pongan de espaldas a una sombrilla, nunca aparquen un carrito de bebé cerca, no pierdan de vista el palo cimbreante y trabajen los reflejos y los tríceps. El pilates viene muy bien para estos casos.

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