Nostalgia de la ciudad

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FERNANDO PALMERO 06/02/2017

Siente uno nostalgia por Madrid, la ciudad que fue, que diría Federico, como otros añoran un mundo rural del que apenas quedan ya reflejos ni posibilidad de retorno, cuando las aceras urbanas se estrechan y los vecinos comienzan a ser unos extraños que bajan y suben la escalera con guías turísticas en la mano. La ciudad nueva no acoge, expulsa. Lavapiés no es ya la inmensa corrala que recreó Nieves Conde en Surcos ni hay fronteras de casas improvisadas bajo la amenaza de la Piqueta, como describió Ferres. En barrios como Chamberí, madrileños de tercera generación, que dicen los castizos, tienen que desplazarse al otro lado del río, donde los alquileres y los precios del metro cuadrado no son un expolio; donde los comercios tienen nombre propio, no de multinacionales que abren y cierran con la misma rapidez con la que se renuevan los deseos. Madrid, como Barcelona, no son ya ciudades para vivir sino dos grandes parques temáticos para turistas, especuladores y cadenas de comida rápida y ropa de usar y tirar. Siente uno nostalgia de la ciudad. O quizá sólo del tiempo ido.

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