El espacio público humillado

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José Ramón Navarro Vera 22.05.2015

«La honda plaza igualadora de almas…» Borges.

En su origen, la noción de «lo público» en la ciudad se asociaba al bien común, a lugares accesibles a todos, a relación entre iguales… Sin embargo, la lamentable política urbana que favorece la ocupación privatizadora de espacios públicos por actividades hosteleras en nuestra ciudad ha degradado aquellos atributos de «lo público». Se comenzó por el emblemático Portal de Elche, se continuó por las plazas de Calvo Sotelo y San Cristóbal y ahora se acaba de abrir otra en la plaza de Ruperto Chapí adosada al Teatro Principal, que, además, constituye un atentado contra una de las piezas más importantes del patrimonio histórico y arquitectónico de la ciudad. Ya no se trata de llenar el espacio público con mesas y sillas que congestionan los espacios peatonales del centro, ahora se produce una verdadera apropiación intensiva del espacio público por negocios hosteleros permanentes.

Una de las razones que se esgrimen para justificar estas operaciones es la de que contribuyen a hacer más atractiva la ciudad, favoreciendo el turismo. Evidentemente no se puede negar que atraen a la gente, son un «éxito», pero ¿para quién? Desde luego no para la ciudad de los ciudadanos, una ciudad que no se concibe como una mercancía, sino que, fundada en valores de uso y contemplación «improductiva», nos transmite un sentimiento de posesión y orgullo de vivir en ella.

La calidad de su espacio público es uno de los atractivos de una ciudad. Forma parte de su paisaje construido a través del diálogo que establece con el emplazamiento natural y con la arquitectura. Cada operación de colonización privada del espacio público en nuestra ciudad la aleja cada vez de esa armonía que alguna vez se dio entre arquitectura y espacio público. ¿Cómo se puede insertar un artefacto construido adosado a una pieza arquitectónica tan relevante como es el Teatro Principal, que domina el paisaje de esa zona de la ciudad en el que el espacio libre de la plaza Ruperto Chapí lo enmarcaba y realzaba? No hace falta estudiar arquitectura para entenderlo. Es cuestión de saber mirar la ciudad con una mirada atenta y sensible, que, desgraciadamente, se está perdiendo en Alicante.

En los debates sobre turismo, todo el mundo coincide en el rechazo de las políticas, de los años sesenta y setenta del siglo pasado, que favorecían la urbanización intensiva y desordenada de la costa, porque al destrozar su calidad natural, que es su principal factor de atracción, se genera una retracción de la demanda turística. ¿No podría ocurrir lo mismo con la degradación del espacio urbano ligada a la avidez de su privatización, como se practica en Alicante para atraer turismo?

La cultura de una ciudad no se encuentra solamente en lugares de cultura, escuelas, museos, bibliotecas, también se encuentra en la calle. La ciudad educa la mirada, o la mal-educa, como ocurre en una ciudad como la nuestra, en la que llevamos tantos años sufriendo políticas regidas por la ideología legitimadora de los procesos de producción-consumo, que el ciudadano se habitúa a pensar en términos individualistas alejados de cualquier valor colectivo, ético o social. Es lo que enseña, entre otros, la privatización del espacio público. Humillando al espacio público se humilla a los ciudadanos, que tienen en él su espejo y un patrimonio común.

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